Hubo una vez un pequeño pueblo cercano a Jerusalén, allá por los tiempos donde no se viajaba a más de diez kilómetros a la redonda, cuando los animales hacían de motores, donde los imperios se medían por regiones y no por sus millones, en cualquiera de los años oscuros para la humanidad, sumida en guerras sin llegar a pensar en la idea de paz.
En ese pueblo vivían varias familias, no muchas, entre ellas judíos, asentados desde tiempos de Abraham; musulmanes, llegados tras la caída del Imperio Romano, y cristianos, la comunidad menos determinante, unos de ellos llegados con las cruzadas, y otros simplemente conversos, descendientes de los bautizados por el mismísimo Jesús de Nazaret. El clima era de total hostilidad: al principio los musulmanes intentaron convertir a los judíos, pero éstos, encerrados en sus tradiciones milenarias, se agruparon y se aislaron de los demás en un nuevo barrio. En el centro del pequeño pueblo ya solo quedaban los islámicos, cada vez más, y una o dos familias cristianas, tan insignificantes, que habían pasado desapercibidas.
A medida que se acercaba el duodécimo mes del calendario gregoriano, las disputas entre musulmanes y judíos por el terreno eran cada vez mayores. Los judíos querían expandir su barrio, e intentaron comprarles las casas a varias familias árabes, pero éstas, ofendidas, se negaron en rotundo y, como represalia, soltaron todas las cabras que guardaban cuidadosamente los judíos en sus pesebres. La situación se agravó hasta el punto en el que decidieron llamar a las autoridades superiores, el ejército que, mezcla de batallones de imperios extintos y de jóvenes sin otro oficio que saber desempeña, imponían la ley, su ley, en aquella tierra dividida hasta en el nombre, para unos Palestina, para otros Israel.
Sin embargo el ejército no les hizo caso, temeroso de que la disputa entre israelíes y palestinos se extendiese y les dejase en un lugar secundario. La situación llegó hasta tal punto que el patriarca de los cristianos, llamado Balbás, decidió intervenir, a pesar de que las disputas le habían beneficiado, ya que el ganado de los hebreos, que antes bebía en las aguas de los musulmanes, ahora lo hacía en las suyas, y así ganaba dinero, y con ese dinero compraba a los árabes las especias que antes les vendían a los judíos, y después las vendía a un precio mayor.
Primero habló con los árabes, y les dijo: «este próximo Sábado es una fiesta muy importante para mi familia, y me gustaría que vosotros, como amigos comerciantes, nos acompañaseis». A ésto que ellos aceptaron de buena gana, y Balbás añadió: «traed regalos, pues yo pongo el cordero y es costumbre entre los invitados traed presentes». Después se acercó a los dirigentes judíos, y les repitió las mismas palabras. Ellos al principio no aceptaron porque el Sábado era su día sagrado, pero les prometió un mes entero de agua gratis para sus ganados y pronto cambiaron de idea.
LLegó la noche del vigésimo cuarto día del duodécimo mes del calendario gregoriano, y Balbás dejó pasar a su casa a los musulmanes por la puerta del Oeste, y a los judíos por la del Este. Les dijo que dejasen los regalos en una mesa, si bien no coincidieron los unos con los otros, ya que no llegaron al mismo tiempo. Cuando la mesa estuvo puesta, Balbás les llamó a cenar, y cuando se reconocieron unos a otros, se echaron atrás, y se negaron a sentarse. Pero Balbás les explicó lo importante que era para él esa fecha, la llegada de Dios a la humanidad bajo la forma de Jesús, y que le habían jurado que compartirían con él el cordero. Al final aceptaron y se sentaron, pero de malas formas, evitando los unos compartir nada con los otros. Balbás que pronto se dio cuenta, consiguió poco a poco que compartiesen los alimentos, y conforme pasaba la noche, bebieron vino y comieron cordero, riendo y hablando de los problemas comunes.
Al finalizar la noche, les dijo a los musulmanes que cogiesen los regalos que habían traído los judíos, y a éstos que hiciesen lo mismo con los regalos de los árabes. Entonces el patriarca hebreo aprovechó para decirle a Balbás: «En esta noche buena nos hemos reunido y hemos cenado todos, pero quizá dentro de una semana o de un mes volvamos a pelearnos. ¿Qué haremos entonces?». Y Balbás respondió: «Entonces nos acordaremos de esta noche, que como tú has dicho, llamaremos Nochebuena, y esperaremos a la siguiente para volver a encontrarnos con la paz».
En ese momento habló el patriarca musulmán: «Yo tengo otra duda: nuestras disputas te han beneficiado a ti, que ganabas dinero con las especias y el agua del ganado, haciendo de intermediario. Incluso ahora podrías haberte quedado con los regalos, sabiendo que no habríamos dicho nada, pero nos has hecho intercambiárnoslos quedándote tú sin cordero ni presentes. ¿Por qué?». Y Balbás respondió: «Porque no soy egoísta, ni individualista, no busco mi bien, sino el de todos los que me rodean, de mis paisanos, de mis compatriotas, de todo el mundo». Y el patriarca árabe le preguntó: «Y éso... ¿cómo se llama?». Y Balbás dijo: «Éso, hermanos, se llama ser cristiano».
WAGNER
Hace 3 horas



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